domingo, 30 de agosto de 2020

Carta de Ruby un día de mi cumpleaños.



 Noviembre 3 del 2002

Querida Sil:

Aquella frase de “duele Amar” se ha convertido para mí en “Amar te fortalece”. Eso es lo que he aprendido contigo. Un amor incondicional, en lo bueno y en lo malo, en lo hermoso y en lo sumamente difícil.

Nunca he conocido a nadie, después de ti, no solo capaz de transformar la vida de forma tan radical, sino de hacerlo con maestría, con amor, con entrega.

No dejo de aprender a tu lado, no dejo de maravillarme por tu alegría y profundidad ante todas las cosas, por tu magia de mujer, por tu fortaleza y madurez, por tu infinita paciencia con todo este proceso doloroso que estoy viviendo, pero sobre todo, por tu honestidad y apoyo en todo, siendo capaz de hacer de todas las cosas buenas, cosas mejores.

Soy consciente de que cualquier palabra que diga sobre ti será siempre corta e innecesaria. Pero hoy sentí la necesidad de hacerlo, de abrazarte de la mejor forma que sé, con sentimiento, con agradecimiento, con necesidad de gritar al mundo el entusiasmo y la alegría que siento cuando tú estás. Tú has sido mi amiga, mi hermana de toda la vida, mi alma gemela. Me gusta mucho que eres un ser inteligente, libre y fraternal, y no te importa ser juzgada cuando actúas según esa libertad sin la cual, no serías tú; porque sabes, desde tu alma profunda, que lo único que importa en el mundo son los pequeños gestos que nos hacen humanos. Y tu humanidad y amor me hacen ser mejor porque, aquel que es capaz de ver en nosotros la luz, desechando nuestra oscuridad, es porque tiene un corazón limpio, una mirada pura y una vida ejemplar.

Gracias por todos estos años compartidos, siempre estaré agradecida contigo porque, entre tantos niños que éramos entonces, me elegiste a mí, la más insignificante de todos. Gracias por ser quien eres y como eres. Gracias por seguir viajando conmigo. Te amo con toda mi Alma.

¡FELIZ CUMPLEAÑOS!

Con todo el amor que soy capaz de dar y sentir, tu amiga y hermana por siempre y para siempre…

Rebeca Edith Duarte Lara

(La firma te la debo porque aún no sé hacerla electrónicamente. No creas que sé tanto, estoy aprendiendo apenas).

Arriba la carta original en fotos


 

¿Cuando dejé el miedo?

 




Cuando dejé de tener miedo? Fue aquel día en que me senté en la silla de ruedas de Rita, mi madre adoptiva, cuando ella murió? O muchos años después, cuando Ruby, mi amiga de toda la vida, se despidió de mi y murió en mis brazos?

No, no fue en ninguno de aquellos momentos. El miedo fue disipándose poco a poco. Yo no sé cuándo o cómo empezó; recuerdo aquella tarde, hace ya un año, en la que adquirí conciencia de ello.

Era uno de aquellos días de verano caluroso en los que amenazaba lluvia. (Aunque a mí siempre me ha gustado la lluvia). Estaba sentada en un parque,  frente a una iglesia, esperando que lloviera. Ante mí tenía unas palomas lavándose en una fuente. Miré el agua y pensé en Rita y en Ruby. Por primera vez en mi vida, al pensar en ellas no sentí aquella melancolía paralizadora, desmoralizadora, devoradora. No sentí miedo. Ni siquiera tristeza. Sabía que las amaba más que nunca, pero aquel amor no me resultaba agotador. Ya no. Ya no me sentía triste. Cuando empezó a llover, cerré los ojos. Una tormenta breve, pero intensa. Cuando los abrí de nuevo, empezaba a anochecer. Me levanté, di unos pasos y sentí  en todo el cuerpo que algo había cambiado. Como si hubiera crecido. Me había librado de un peso. Era libre. Ya no esperaba nada de la vida. No porque estuviera decepcionada o amargada. No esperaba nada porque no había nada más importante que pudiera sucederme. Poseía en mi interior toda la felicidad que una persona puede alcanzar. Amé y fui amada. Sin condiciones.

Estaba tan segura de eso como de la existencia de mi propio cuerpo. Nadie podría arrebatarme jamás aquella felicidad. Las amaría mientras viviera, y sería amada por ellas. Aunque sus cuerpos estuvieran muertos. Aunque no respondieran mis llamadas y yo hubiera perdido la esperanza de volver a verlas en esta vida que me faltaba por vivir.

Tenía más de lo que la mayoría logra alcanzar en toda una vida. No debía ser codiciosa. La codicia te vuelve ciega y sorda. Me avergoncé por haber sido tan ciega ante mi felicidad.

Desde el momento que lo comprendí  y lo acepté supe la riqueza que poseía. Dejé de vivir en el pasado y en el futuro. Comencé a disfrutar de cada día como si Rita siguiera ahí, en su jardín,  esperándome todos los días con los brazos abiertos. Y como si Ruby siguiera cantándome canciones con su ya vieja guitarra. Las echaba de menos, pero no tenía roto el corazón.

miércoles, 19 de agosto de 2020

Ruby

 



Diciembre del 2019

En estas navidades he extrañado a Ruby más que nada ni a nadie. Echo de menos todo lo que ella representaba en mi vida. Nuestras caminatas por Chapultepec. Aquellas ocurrencias de vestirnos de Hadas en las navidades con la complicidad de Rita, mi madre adoptiva, para llevarles regalos a los niños que no tenían nada.  Recuerdo aquella vez que se rompió un brazo porque intentábamos salvar a un niño en un horrible accidente y lo único que le importaba era si el niño estaba bien… Lo estaba. Porque lo salvamos.

Recuerdo un día que llegó de viaje… Lo primero que hizo fue ir a mi casa y, sin preámbulos me soltó: “Te invito a cenar, hermana. No te molestes en decir que no”. Así era ella, determinada y absoluta.

Algunas personas son simplemente buenas. Quizá no tengan unos trabajos especiales o apasionantes. Quizá no posean una gran belleza física, pero son básicamente buenas. Ruby era así. Una buena persona.

Si existiera una santa patrona de la bondad, esa sería Ruby. Tenía un carácter tierno hasta el extremo de la dulzura, una timidez que contrastaba mucho con su mordaz sentido del humor el cual siempre me hacía reír, una mirada franca, bondadosa y perspicaz, la facultad de ver siempre el lado cómico de la vida, y la costumbre de llamar a todo el mundo «compañero» o «amigo», según el grado de positividad o negatividad que percibiera en las personas.

Una vez, estando en un bar, conocimos a unos muchachos y platicamos con ellos. Entonces uno le preguntó:

“¿A qué te dedicas, exactamente?”.

Y ella, de la forma más natural y sin ganas de molestar contestó: “Ilumino el mundo con mi presencia”.

Ruby y yo compartimos una de las relaciones más íntimas que puede mantener una persona: una amistad desde el día que nacimos, y probablemente desde mucho más atrás, una experiencia y unos recuerdos que me acompañarán toda la vida, hasta que muera.

Nuestras vidas estuvieron alejadas la mayoría del tiempo y sé que algunos no lo comprenderían pero también sé que, tanto si nos llamábamos todos los días como si lo hacíamos cada dos años, cada vez que Ruby y yo hablábamos era como si  el tiempo no hubiera transcurrido.

Ruby era mi alma gemela. Sé que la mayoría de las personas no la encuentran nunca. Y sé, también, que esas personas piensan que el alma gemela se refiere a un amor romántico y sexual. Qué equivocados están! O, también, leen sobre alma gemela y se ríen de ese concepto. Pero yo había hallado mi alma gemela en Ruby desde antes que naciéramos; y en nuestra edad adulta, ella y yo nos compenetrábamos como sólo lo consiguen los soldados que combaten juntos, compartimos muy de cerca nuestras vidas, sobre todo los últimos días, cuando yacía agonizando en mis brazos… cuando la muerte la arrancó de mi lado mientras yo rugía de rabia y de dolor como una posesa… Ver morir a esta mujer con la que jugué, reí y lloré desde que yo era una niña, esta mujer con la que crecí y a la que amaba profundamente, era como estar de nuevo en aquella cama, viendo morir a Rita.

Lo cierto es que no había llorado lo suficiente desde que murió. Pero ahora compruebo que estoy llorando, que no he dejado de llorar en todo el rato.

Son unas lágrimas silenciosas, unos riachuelos que ruedan por mis mejillas. Lloro la muerte de la única persona, aparte de Rita, que me conocía a fondo. Estoy sola en el mundo. La mitad de mi alma se fue, lo cual me produce una sensación dolorosa.

Ruby poseía una belleza física que cualquier muchacha de veinte años envidiaría, porque era una belleza permanente, de estrella de cine, que el paso de los años no logró mermar. La conocí de toda la vida y puedo afirmar, sinceramente, que a los cuarenta y cinco estaba más guapa que nunca. Tenía el pelo ondulado, el cual a veces se alisaba, castaño y lustroso, una mirada franca, bondadosa y perspicaz, una sonrisa fácil y unas piernas larguísimas; podría haber sido modelo, pero le gustaba ser azafata. Era una de las pocas personas capaces de mostrarse bondadosa y fuerte al mismo tiempo… Si la mirabas durante mucho rato era como si miraras el sol.

Creo que una de las cosas que la hacían parecer aún más hermosa  —suponiendo que eso fuera posible— era su total indiferencia hacia su perfección física. No es que tuviera una mala opinión de sí misma, ni mucho menos, pero su belleza le traía sin cuidado… Ella trataba siempre de armonizar con la gente, no de destacar. 

Uno de los rasgos más admirables de Ruby era el que pasa más inadvertido: su sencillez. El rostro que mostraba al mundo era el único que tenía.

Ruby era más inteligente que cualquier persona que yo haya conocido, y la amiga más leal que cualquiera pudiera desear. Y todo eso era evidente a simple vista. Era dada a los halagos y las caricias. Nunca dejé de recibir su tarjeta, ni su regalo, ni su prolongado abrazo de cumpleaños o sus besos en la frente solo por el placer de dármelos, a menos que estuviera viajando; y aun así, me los enviaba o me los reponía con intereses. Su Amor por alguien brillaba a través de sus palabras y sus actos. Dicho de otro modo: Su estilo se basaba en hechos, no en palabras.

Fue Ruby la que me encontró aquella noche cuando Sol me traicionó. Yo estaba tirada en mi cama, temblando de dolor pues no lograba asimilar aquel golpe tan bajo de alguien que se decía mi amiga.

Llegó elegantemente vestida, fuera de su costumbre, pues íbamos a ir a una fiesta de su empresa, pero no dudó en sostenerme en sus brazos mientras yo derramaba chorros de lágrimas y mocos en su elegante vestido. Esos brazos me agarraron y envolvieron como las alas de un Ángel. Yo me derrumbé entre ellos, lloré a mares con el rostro contra su pecho durante una eternidad.  Lloré en sus brazos hasta que mis lágrimas se secaron. No se trataba sólo de mi dolor, sino de la bondad de Ruby y el hecho de que yo comprendía que sus brazos eran el lugar más seguro en el que refugiarse cuando uno sufre. Ese fue uno de los hechos que me hicieron amarla más, si aquello fuera posible.

Se quedó conmigo esa noche escuchándome, sin palabras, sin juicios, solo con su abrazo.

Era una de esas raras personas que se preocupaban sinceramente por los demás, y cuando estabas con ella no lo dudabas ni por un momento. Cuando hablabas con ella nunca tenías la sensación de que estaba pensando en otra cosa. Te escuchaba con atención. Hacía que te sintieras como si fueras lo único importante en su vida. Cuando estaba con ella, yo no le miraba como a una mujer, sino como algo infinitamente más valioso: un espejo del alma. Ruby fue un ser creado para derribar las barreras que el dolor erige alrededor del corazón. Y si alguien era capaz de hacer que el alma de una persona reviviera, esa era Ruby. Por el mero hecho de ser como era, Ruby transformaba todo lo que tocaba.

No era perfecta, ni intentaba serlo, pero lucía sus cicatrices mejor que el resto de los mortales.

A unos minutos de nacida, su padre la rechazó por ser mujer. Eso la marcó de por vida, pero nunca se quejó ni se raspaba esa herida. Sin embargo, su necesidad de tener novio tras novio era una clara alusión a aquel rechazo.

Su nombre de pila era Rebeca Edith. Y era yo la única persona que estaba autorizada para llamarla “Ruby” y odiaba ferozmente que otros la llamaran de ese modo.

Ruby y yo también nos peleamos. Tuvimos unas peleas de campeonato. Unas peleas saludables. Estábamos convencidas de que para que una amistad prosperara era preciso enzarzarse de vez en cuando en una pelea sin cuartel. Pero nunca dejábamos de hablarnos ni de buscarnos; no estaba en su naturaleza (ni en la mía) estar espiritualmente alejada de alguien que ella amara.

Recuerdo esa vez que discutimos porque ella andaba enredada con un patán que solo quería usarla como objeto sexual, lo sé porque él mismo me lo dijo. Pero no pasó ni una hora cuando nos encontramos en el camino a nuestras casas a reconciliarnos. Nos abrazamos y con eso supimos que todo estaba olvidado.

Yo me sentía cómoda con ella en una comunicación no verbal,  Ruby era capaz de comprender los matices de significado al margen de las palabras. Puede que fuéramos muy distintas en muchos aspectos, pero en los aspectos importantes, que eran muchísimos, éramos  una sola persona.

Mucha gente envidiaba su belleza integral, pero esa gente no sabía que ella luchó y sufrió para convertirse en la persona que llegó a ser.

Desde hace unos años mi alma ostenta una nueva cicatriz, la cicatriz de Ruby. No es visible, pero las heridas más profundas son las que no se ven, la marcha de la muerte interior.

Las cicatrices constituyen más que recordatorios de heridas pasadas. Constituyen una prueba de que estoy sanando.

Acepto como una verdad irrefutable que seguiré sufriendo momentos de dolor por la pérdida de Ruby. De acuerdo. La única forma de librarme de esos momentos para siempre sería olvidándome de ella, y no estoy dispuesta a renunciar a un solo recuerdo bendito.

Yo también estoy cargada de defectos, esa era una de las muchas cosas que nos unían. El pasado me ha dejado unas cicatrices, pero estoy viva y convencida de que me sentiré feliz en más ocasiones de las que me sentiré desdichada. Estoy segura de que ciertas partes de mi vida seguirán siendo perfectas.

Con el tiempo, los recuerdos pierden sus aristas y dejan de hacerte sangrar. Dejan de herirte y empiezan a conmoverte. Eso es lo que ha pasado con los recuerdos de Ruby, de lo cual me alegro. Hace un tiempo, cuando pensaba en ella, sentía un dolor lacerante. Ahora puedo recordarla y sonreír.

Las imágenes pasan por mi mente como gotas de lluvia a través de las hojas de los árboles. Una tormenta silenciosa que se abate sobre el tejado de mi mundo…  Ruby me sigue hablando de vez en cuando. Era mi mejor amiga, mi hermana, mi alma gemela; no estoy preparada para dejar de oír su voz en mi mente.

Hoy quisiera que sus dedos me escribieran historias en el alma… Y que su voz fuera una canción que se duerme en mis recuerdos…

 

 

 


Mujeres solas, ¿cual es la causa?

 

Mujeres solas, ¿cual es la causa?




En este blog podremos ir conociendo por medio de vídeos, entrevistas y artículos a muchas mujeres que han tenido que luchar contra las adversidades para llegar a ser quienes son pero, sobre todo, nos enfocaremos en las razones que han impulsado a muchas mujeres a la soledad.
Que quede claro que muchas de estas mujeres han elegido la soledad y eso, indiscutiblemente, las convierte en mujeres felices, ya que existe la falsa afirmación que una mujer sola por lo general es amargada, o lleva una vida aburrida y triste. Pero esa es la mayor de las mentiras.
Algo muy importante que también debe quedar claro: cuando hablo de mujeres solas, me refiero a que no tienen en su casa un hombre pero, sin embargo, tienen hijos qué educar y sacar adelante.
Y tampoco se trata de odiar a los hombres ni hablar mal de ellos. Aquí se trata de compartir experiencias de vida para ayudarnos a sanar.
Y también hablaremos de brujas, esas mujeres con conocimientos ancestrales para curar, para ver y sentir más allá que todos los demás.
Trataremos temas para sanar las heridas del alma y  del cuerpo y hasta una que otra receta.
Leeremos fragmentos de guiones para cine y también tendremos entrevistas con actrices muy talentosas que nos compartirán lo que les ha costado llegar a la cima pero que también les gusta la soledad.
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Te dejo un abrazo.


Carta de Ruby un día de mi cumpleaños.   Noviembre 3 del 2002 Querida Sil: Aquella frase de “duele Amar” se ha convertido para mí en “Amar t...