Cuando dejé de tener miedo? Fue aquel día en que me senté en la silla de ruedas de Rita, mi madre adoptiva, cuando ella murió? O muchos años después, cuando Ruby, mi amiga de toda la vida, se despidió de mi y murió en mis brazos?
No, no fue en ninguno de aquellos momentos. El miedo fue disipándose poco a poco. Yo no sé cuándo o cómo empezó; recuerdo aquella tarde, hace ya un año, en la que adquirí conciencia de ello.
Era uno de aquellos días de verano caluroso en los que amenazaba lluvia. (Aunque a mí siempre me ha gustado la lluvia). Estaba sentada en un parque, frente a una iglesia, esperando que lloviera. Ante mí tenía unas palomas lavándose en una fuente. Miré el agua y pensé en Rita y en Ruby. Por primera vez en mi vida, al pensar en ellas no sentí aquella melancolía paralizadora, desmoralizadora, devoradora. No sentí miedo. Ni siquiera tristeza. Sabía que las amaba más que nunca, pero aquel amor no me resultaba agotador. Ya no. Ya no me sentía triste. Cuando empezó a llover, cerré los ojos. Una tormenta breve, pero intensa. Cuando los abrí de nuevo, empezaba a anochecer. Me levanté, di unos pasos y sentí en todo el cuerpo que algo había cambiado. Como si hubiera crecido. Me había librado de un peso. Era libre. Ya no esperaba nada de la vida. No porque estuviera decepcionada o amargada. No esperaba nada porque no había nada más importante que pudiera sucederme. Poseía en mi interior toda la felicidad que una persona puede alcanzar. Amé y fui amada. Sin condiciones.
Estaba tan segura de eso como de la existencia de mi propio cuerpo. Nadie podría arrebatarme jamás aquella felicidad. Las amaría mientras viviera, y sería amada por ellas. Aunque sus cuerpos estuvieran muertos. Aunque no respondieran mis llamadas y yo hubiera perdido la esperanza de volver a verlas en esta vida que me faltaba por vivir.
Tenía más de lo que la mayoría logra alcanzar en toda una vida. No debía ser codiciosa. La codicia te vuelve ciega y sorda. Me avergoncé por haber sido tan ciega ante mi felicidad.
Desde el momento que lo comprendí y lo acepté supe la riqueza que poseía. Dejé de vivir en el pasado y en el futuro. Comencé a disfrutar de cada día como si Rita siguiera ahí, en su jardín, esperándome todos los días con los brazos abiertos. Y como si Ruby siguiera cantándome canciones con su ya vieja guitarra. Las echaba de menos, pero no tenía roto el corazón.

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