Diciembre del 2019
En estas navidades he extrañado a Ruby más que nada ni a nadie. Echo de menos todo lo que ella representaba en mi vida. Nuestras caminatas por Chapultepec. Aquellas ocurrencias de vestirnos de Hadas en las navidades con la complicidad de Rita, mi madre adoptiva, para llevarles regalos a los niños que no tenían nada. Recuerdo aquella vez que se rompió un brazo porque intentábamos salvar a un niño en un horrible accidente y lo único que le importaba era si el niño estaba bien… Lo estaba. Porque lo salvamos.
Recuerdo
un día que llegó de viaje… Lo primero que hizo fue ir a mi casa y, sin
preámbulos me soltó: “Te invito a cenar, hermana. No te molestes en decir que
no”. Así era ella, determinada y absoluta.
Algunas personas son simplemente buenas. Quizá no tengan unos trabajos especiales o apasionantes. Quizá no posean una gran belleza física, pero son básicamente buenas. Ruby era así. Una buena persona.
Si
existiera una santa patrona de la bondad, esa sería Ruby. Tenía un carácter
tierno hasta el extremo de la dulzura, una timidez que contrastaba mucho con su
mordaz sentido del humor el cual siempre me hacía reír, una mirada franca,
bondadosa y perspicaz, la facultad de ver siempre el lado cómico de la vida, y
la costumbre de llamar a todo el mundo «compañero» o «amigo», según el grado de
positividad o negatividad que percibiera en las personas.
Una vez, estando en un bar, conocimos a unos muchachos y platicamos con ellos. Entonces uno le preguntó:
“¿A
qué te dedicas, exactamente?”.
Y ella, de la forma más natural y sin ganas de molestar contestó: “Ilumino el mundo con mi presencia”.
Ruby y yo compartimos una de las relaciones más íntimas que puede mantener una persona: una amistad desde el día que nacimos, y probablemente desde mucho más atrás, una experiencia y unos recuerdos que me acompañarán toda la vida, hasta que muera.
Nuestras
vidas estuvieron alejadas la mayoría del tiempo y sé que algunos no lo
comprenderían pero también sé que, tanto si nos llamábamos todos los días como
si lo hacíamos cada dos años, cada vez que Ruby y yo hablábamos era como si el tiempo no hubiera transcurrido.
Ruby
era mi alma gemela. Sé que la mayoría de las personas no la encuentran nunca. Y
sé, también, que esas personas piensan que el alma gemela se refiere a un amor
romántico y sexual. Qué equivocados están! O, también, leen sobre alma gemela y
se ríen de ese concepto. Pero yo había hallado mi alma gemela en Ruby desde antes
que naciéramos; y en nuestra edad adulta, ella y yo nos compenetrábamos como
sólo lo consiguen los soldados que combaten juntos, compartimos muy de cerca
nuestras vidas, sobre todo los últimos días, cuando yacía agonizando en mis
brazos… cuando la muerte la arrancó de mi lado mientras yo rugía de rabia y de
dolor como una posesa… Ver morir a esta mujer con la que jugué, reí y lloré
desde que yo era una niña, esta mujer con la que crecí y a la que amaba
profundamente, era como estar de nuevo en aquella cama, viendo morir a Rita.
Lo
cierto es que no había llorado lo suficiente desde que murió. Pero ahora
compruebo que estoy llorando, que no he dejado de llorar en todo el rato.
Son
unas lágrimas silenciosas, unos riachuelos que ruedan por mis mejillas. Lloro
la muerte de la única persona, aparte de Rita, que me conocía a fondo. Estoy
sola en el mundo. La mitad de mi alma se fue, lo cual me produce una sensación dolorosa.
Ruby poseía una belleza física que cualquier muchacha de veinte años envidiaría, porque era una belleza permanente, de estrella de cine, que el paso de los años no logró mermar. La conocí de toda la vida y puedo afirmar, sinceramente, que a los cuarenta y cinco estaba más guapa que nunca. Tenía el pelo ondulado, el cual a veces se alisaba, castaño y lustroso, una mirada franca, bondadosa y perspicaz, una sonrisa fácil y unas piernas larguísimas; podría haber sido modelo, pero le gustaba ser azafata. Era una de las pocas personas capaces de mostrarse bondadosa y fuerte al mismo tiempo… Si la mirabas durante mucho rato era como si miraras el sol.
Creo que una de las cosas que la hacían parecer aún más hermosa —suponiendo que eso fuera posible— era su total indiferencia hacia su perfección física. No es que tuviera una mala opinión de sí misma, ni mucho menos, pero su belleza le traía sin cuidado… Ella trataba siempre de armonizar con la gente, no de destacar.
Uno de los rasgos más admirables de Ruby era el que pasa más inadvertido: su sencillez. El rostro que mostraba al mundo era el único que tenía.
Ruby era más inteligente que cualquier persona que yo haya conocido, y la amiga más leal que cualquiera pudiera desear. Y todo eso era evidente a simple vista. Era dada a los halagos y las caricias. Nunca dejé de recibir su tarjeta, ni su regalo, ni su prolongado abrazo de cumpleaños o sus besos en la frente solo por el placer de dármelos, a menos que estuviera viajando; y aun así, me los enviaba o me los reponía con intereses. Su Amor por alguien brillaba a través de sus palabras y sus actos. Dicho de otro modo: Su estilo se basaba en hechos, no en palabras.
Fue Ruby la que me encontró aquella noche cuando Sol me traicionó. Yo estaba tirada en mi cama, temblando de dolor pues no lograba asimilar aquel golpe tan bajo de alguien que se decía mi amiga.
Llegó
elegantemente vestida, fuera de su costumbre, pues íbamos a ir a una fiesta de
su empresa, pero no dudó en sostenerme en sus brazos mientras yo derramaba
chorros de lágrimas y mocos en su elegante vestido. Esos brazos me agarraron y envolvieron
como las alas de un Ángel. Yo me derrumbé entre ellos, lloré a mares con el
rostro contra su pecho durante una eternidad.
Lloré en sus brazos hasta que mis lágrimas se secaron. No se trataba
sólo de mi dolor, sino de la bondad de Ruby y el hecho de que yo comprendía que
sus brazos eran el lugar más seguro en el que refugiarse cuando uno sufre. Ese
fue uno de los hechos que me hicieron amarla más, si aquello fuera posible.
Se
quedó conmigo esa noche escuchándome, sin palabras, sin juicios, solo con su
abrazo.
Era una de esas raras personas que se preocupaban sinceramente por los demás, y cuando estabas con ella no lo dudabas ni por un momento. Cuando hablabas con ella nunca tenías la sensación de que estaba pensando en otra cosa. Te escuchaba con atención. Hacía que te sintieras como si fueras lo único importante en su vida. Cuando estaba con ella, yo no le miraba como a una mujer, sino como algo infinitamente más valioso: un espejo del alma. Ruby fue un ser creado para derribar las barreras que el dolor erige alrededor del corazón. Y si alguien era capaz de hacer que el alma de una persona reviviera, esa era Ruby. Por el mero hecho de ser como era, Ruby transformaba todo lo que tocaba.
No
era perfecta, ni intentaba serlo, pero lucía sus cicatrices mejor que el resto
de los mortales.
A
unos minutos de nacida, su padre la rechazó por ser mujer. Eso la marcó de por
vida, pero nunca se quejó ni se raspaba esa herida. Sin embargo, su necesidad
de tener novio tras novio era una clara alusión a aquel rechazo.
Su nombre de pila era Rebeca Edith. Y era yo la única persona que estaba autorizada para llamarla “Ruby” y odiaba ferozmente que otros la llamaran de ese modo.
Ruby y yo también nos peleamos. Tuvimos unas peleas de campeonato. Unas peleas
saludables. Estábamos convencidas de que para que una amistad prosperara era
preciso enzarzarse de vez en cuando en una pelea sin cuartel. Pero nunca
dejábamos de hablarnos ni de buscarnos; no estaba en su naturaleza (ni en la
mía) estar espiritualmente alejada de alguien que ella amara.
Recuerdo esa vez que discutimos porque ella andaba enredada con un patán que solo quería usarla como objeto sexual, lo sé porque él mismo me lo dijo. Pero no pasó ni una hora cuando nos encontramos en el camino a nuestras casas a reconciliarnos. Nos abrazamos y con eso supimos que todo estaba olvidado.
Yo
me sentía cómoda con ella en una comunicación no verbal, Ruby era capaz de comprender los matices de
significado al margen de las palabras. Puede que fuéramos muy distintas en
muchos aspectos, pero en los aspectos importantes, que eran muchísimos, éramos una sola persona.
Mucha gente envidiaba su belleza integral, pero esa gente no sabía que ella luchó y sufrió para convertirse en la persona que llegó a ser.
Desde
hace unos años mi alma ostenta una nueva cicatriz, la cicatriz de Ruby. No es
visible, pero las heridas más profundas son las que no se ven, la marcha de la
muerte interior.
Las
cicatrices constituyen más que recordatorios de heridas pasadas. Constituyen
una prueba de que estoy sanando.
Acepto
como una verdad irrefutable que seguiré sufriendo momentos de dolor por la
pérdida de Ruby. De acuerdo. La única forma de librarme de esos momentos para
siempre sería olvidándome de ella, y no estoy dispuesta a renunciar a un solo
recuerdo bendito.
Yo también estoy cargada de defectos, esa era una de las muchas cosas que nos unían. El pasado me ha dejado unas cicatrices, pero estoy viva y convencida de que me sentiré feliz en más ocasiones de las que me sentiré desdichada. Estoy segura de que ciertas partes de mi vida seguirán siendo perfectas.
Con el tiempo, los recuerdos pierden sus aristas y dejan de hacerte sangrar.
Dejan de herirte y empiezan a conmoverte. Eso es lo que ha pasado con los
recuerdos de Ruby, de lo cual me alegro. Hace un tiempo, cuando pensaba en
ella, sentía un dolor lacerante. Ahora puedo recordarla y sonreír.
Las
imágenes pasan por mi mente como gotas de lluvia a través de las hojas de los árboles.
Una tormenta silenciosa que se abate sobre el tejado de mi mundo… Ruby me sigue hablando de vez en cuando. Era
mi mejor amiga, mi hermana, mi alma gemela; no estoy preparada para dejar de
oír su voz en mi mente.
Hoy
quisiera que sus dedos me escribieran historias en el alma… Y que su voz fuera
una canción que se duerme en mis recuerdos…

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